La colangitis biliar primaria (CBP) es una enfermedad hepática autoinmune cuya incidencia ha aumentado a nivel mundial debido a mejoras en el diagnóstico, al mayor reconocimiento clínico y a la disponibilidad de pruebas específicas1. En América Latina, sin embargo, persiste una brecha de reconocimiento oportuno y en el acceso a terapias modificadoras de la enfermedad, como lo demuestra el reciente estudio multicéntrico publicado en la Revista de Gastroenterología de México, donde Méndez-Sánchez et al. reportan que la CBP representa ya el 8.5% de todos los casos de cirrosis en una amplia cohorte nacional Mexicana2. Este hallazgo refleja un incremento significativo respecto a las cifras reportadas en 2004 y confirma que la CBP se ha consolidado como una etiología cada vez más relevante de enfermedad hepática avanzada en México.
El estudio adquiere un valor significativo no solo por su alcance (más de 2,000 pacientes en 13 centros del país), sino también porque evidencia una necesidad estructural crítica en el sistema de salud, por ejemplo, la ausencia de esquemas de tratamiento de segunda línea. Esta limitación resulta particularmente relevante si se considera que 30-40% de los pacientes no alcanza una respuesta bioquímica adecuada al tratamiento estándar con ácido ursodesoxicólico (UDCA), lo que se asocia con mayor riesgo de progresión a cirrosis, complicaciones hepáticas y necesidad de trasplante2,3.
Esta brecha terapéutica es consistente con lo descrito en otros países de América Latina, donde las enfermedades hepáticas autoinmunes continúan enfrentando subdiagnóstico y acceso limitado a terapias especializadas, en gran medida debido a barreras estructurales, económicas y regulatorias que restringen la disponibilidad de fármacos de segunda línea y la implementación de modelos integrales de atención1-3.
En este contexto, un metaanálisis que incluyó 59 estudios poblacionales, 381 millones de participantes y 129,455 pacientes estimó una prevalencia global de CBP de 18.1 casos por 100,000 habitantes y una incidencia de 1.8 por 100,000 personas-año, con un aumento anual de la prevalencia de +17.4% en el Pacífico Occidental durante el periodo 2010-2020. Paralelamente, también se observó que la progresión a fibrosis avanzada se ha atenuado con UDCA y terapias de segunda línea en no respondedores, como elafibranor y seladelpar, que han demostrado mejorar la respuesta bioquímica y la supervivencia libre de trasplante4. Seladelpar, un agonista del receptor PPARδ, demostró tasas de normalización bioquímica de fosfatasa alcalina (ALP) de hasta el 25% de los pacientes, con un perfil de seguridad favorable5. Asimismo, elafibranor, un agonista dual de PPARα/δ, mostró en el estudio ELATIVE una respuesta bioquímica sostenida en el 51% de los pacientes y normalización de la ALP en el 15%6. Estos avances en segunda línea consolidan un nuevo paradigma terapéutico orientado a modificar el curso natural de la enfermedad en pacientes con respuesta subóptima al UDCA.
Sin embargo, más allá de la respuesta bioquímica, la estratificación pronóstica continúa siendo un elemento central en la práctica clínica. En un estudio multicéntrico internacional que incluyó 1,793 pacientes con CBP, los autores evaluaron el valor pronóstico comparativo de la rigidez hepática y la respuesta bioquímica. De forma contundente, demuestran que un valor >10kPa en la medición más reciente de rigidez hepática —obtenida tras una mediana de 44meses desde la evaluación basal— identifica de manera robusta a los pacientes con mayor riesgo de descompensación hepática en los siguientes 22meses, independientemente de la respuesta bioquímica o de la trayectoria previa de la elastografía7. Este hallazgo refuerza la necesidad de integrar herramientas dinámicas de evaluación estructural junto con los marcadores bioquímicos tradicionales en la toma de decisiones terapéuticas.
Frente a este panorama, es imperativo que el sistema de salud mexicano actúe en tres direcciones estratégicas: primero, actualizar las guías clínicas nacionales para incorporar evaluaciones tempranas y estandarizadas de respuesta al tratamiento; segundo, facilitar los accesos regulatorios y financieros a terapias emergentes que ya han demostrado eficacia, y tercero, garantizar un diagnóstico oportuno y equitativo en todas las regiones del país.
La CBP ya no puede considerarse una entidad rara o marginal. Su contribución creciente dentro de la población con cirrosis exige una transformación estructural del modelo de atención, sustentada en evidencia científica y orientada a reducir inequidades regionales. En este sentido, el estudio constituye una aportación valiosa, no solo por documentar una tendencia epidemiológica preocupante, sino también por ofrecer un fundamento sólido para impulsar cambios en la práctica clínica y en las políticas públicas de salud.
FinanciaciónEste trabajo no ha recibido ningún tipo de financiación.
Conflicto de interesesLos autores declaran no tener ningún conflicto de intereses.
Véase contenido relacionado en DOI: https://doi.org/10.1016/j.rgmx.2026.02.003, N. Méndez-Sáncheza, M.M. Ramírez-Mejíaa, C. Cortez-Hernándezd, E.M. Tovar-Bojorquez, R. Contreras-Omaña, J.D. Monsiváis-Morales, J. Cordova-Gallardo, M. Castillo-Barradas, N. Guzmán-Rodríguez, M.S. González-Huezo, A. Sandez-Araiza, E. Cerda-Reyes, S. Cornejo-Hernandez, B. Barranco-Fragoso, A.D. Cano-Contreras, J.M. Remes-Troche, F. Higuera-de-la-Tijera, J.L. Pérez-Hernández, N. Chávez-Tapia, F.J. Valentin-Cortez, I. Montalvo-Gordon, R.R. Lozano-Salazar, M. Sabanes-Hernández, I. Borbolla-Schega y H. Rodríguez-Hernández. Carga creciente de la cirrosis por colangitis biliarprimaria en México: evidencia de una cohortemulticéntrica contemporánea. Rev Gastroenterol Mex. 2026;91:300–308.

